Parece que el delirio del poder subyace en las raíces más profundas del corazón humano, ese sutil deseo de considerarse mejor o superior a los demás. De un reducido grupo de doce apóstoles, dos de ellos, los hermanos Juan y Santiago, se acercan a Jesús para solicitarle los primeros puestos en su reino (Mc. 10, 37). Al parecer, no fue un hecho aislado, ya que cuando iban camino de Jerusalén discutían sobre quién de ellos sería el más importante (Mc. 9,34). Cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto, le ofreció la gloria y el poder sobre los reinos de la Tierra, con la condición de que se postrara ante él y lo adorara (Mt. 4,9). ¡Qué osadía! No le funcionó con Jesús, pero cuántos hombres han vendido su alma al diablo a cambio del poder que les ofrece el mundo. Hay quienes sí se han vendido. ¿Acaso no lo reflejó magistralmente Goethe, en 'Fausto'? El demonio Mefistófeles (enemigo de la luz) se le aparece a Fausto para comprarle su alma. El pacto es muy sencillo: Mefistófeles se obliga a servir y cumplir toda indicación que reciba de Fausto en esta vida, pero en el más allá, Fausto se obligará a servirlo sólo a él. El diablo le ofrece las más altas aspiraciones humanas: manjares, oro, placeres, éxito, fama y la gloria, que es la delectación de los dioses. Aclaradas las condiciones del contrato, sellan el pacto con una gota de sangre.
El poder es un espejismo de una gloria que no se alcanza en la Tierra. Los grandes terminan por sucumbir y morir. Aunque no exista de por medio un pacto explícito con el diablo, sí se puede firmar un contrato implícito si se pone como máximo valor el vivir de acuerdo con los criterios del mundo.
El Papa Benedicto XVI, en su libro 'Jesús de Nazaret', dice que la gran tentación del hombre actual es la de vivir de espaldas a Dios, buscando él mismo su propio pan y su propia gloria.
Los sistemas totalitarios que optaron por el ateísmo, el marxismo y el nacionalsocialismo produjeron millones de muertos. Creyeron poder transformar las piedras en pan, pero lo único que dieron fue muerte.

Las diversas formas de ejercer el abuso de poder: ya sea en la política, legislando contra la ley natural y la recta razón; en los colegios y universidades, prohibiendo la religión o imponiendo programas de educación sexual sin el consentimiento de los padres; en la familia, equiparando otro tipo de uniones con el matrimonio natural, son el resultado de una ética sin Dios. El ejercicio del poder desde la óptica de Dios se transforma en actitudes de servicio a la verdad, al bien y al desarrollo de los pueblos.