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Educación marxista
Su pasión, la política |
Vittorio
Messori, periodista italiano de 56 años, es conocido internacionalmente por
haber entrevistado a Juan Pablo II en Cruzando el umbral de la esperanza,
y al Cardenal Ratzinger en Informe sobre la fe. Pero, en contra de lo
que pudiera pensarse, no ha sido precisamente un "católico de toda la
vida". |
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"Nací
en plena Guerra Mundial en la región quizá más anticlerical de Europa: en la
Emilia, zona del antiguo Estado pontificio, la del don Camilo y Peppone (el
cura de pueblo y el alcalde comunista) de Guareschi. Mis padres no estaban
precisamente de parte de don Camilo y, aunque vivían de verdad unos valores
-apertura, acogida, generosidad, etc-, desde pequeño me inculcaron la
aversión, no al Evangelio o al cristianismo, sino al clero, a la Iglesia
institucional. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso,
sociológico, pero después no tuve ningún contacto con la Iglesia. |
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Acabada
la Guerra, mis padres se trasladaron a Turín, la mayor ciudad industrial
italiana, cuna del marxismo italiano -de Gramsci, Togliatti y otros
dirigentes comunistas-, en la que los católicos hace tiempo que son minoría.
Asistí allí a un colegio público, donde no se hablaba de religión más que
para inculcarnos el desprecio teórico hacia ella. Obligada por el Concordato
había, sí, una clase semanal de enseñanza religiosa, pero casi ninguno la
tomaba en serio y yo, en concreto, eludía la asistencia con las más variadas
excusas. O sea, que si por mi familia estaba imbuido de anticlericalismo
pasional, la escuela llovió sobre mojado al enseñarme la cultura del
iluminismo, del liberal-marxismo". |
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Acabado
el bachillerato, eligió como carrera universitaria la de Ciencias Políticas.
Pertenecía a la famosa generación del 68 y convirtió la política en su
pasión. "Decía el teólogo protestante Karl Barth que «cuando el cielo se
vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos». Para mí el cielo estaba vacío,
y uno de los ídolos que llenaba la tierra era precisamente la política. Era
para mí una auténtica pasión. Estaba muy comprometido con los partidos de
izquierda". |
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Se
da cuenta con el tiempo de que la política no podía proporcionarle las
respuestas sobre el sentido de la vida. "Sin embargo, aun consciente de
esas carencias de la política, a la vez estaba convencido de que no podría
encontrar respuestas fuera de ella, precisamente porque formaba parte de los
que rechazaban el cristianismo sin tomarse la molestia de conocerlo. Pensaba
que cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo pasado, al que un
joven moderno como yo no podía tomar en serio. (...) El Evangelio era para mí
un objeto desconocido: nunca lo había abierto, pese a tenerlo en mi
biblioteca, porque pensaba sin más que formaba parte del folklore oriental,
del mito, de la leyenda. |
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La presión familiar |
Pero
un día sucedió... Llegamos a un punto en que me es difícil hablar... por
pudor. André Frossard, colega y amigo mío, entró un día en una iglesia
católica en Francia y de la misma salió convertido. Mi proceso no es tan
clamoroso. Pero un tipo semejante de experiencia mística, no tan inmediata
sino diluida en el arco de dos meses, también la he vivido yo. Mi hallazgo de
la fe fue muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura
de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces,
ni oí cantos de ángeles. Pero la lectura de aquel texto, hecha probablemente
en un momento psicológico particular, fue algo que todavía hoy me tiene
aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un
misterio, al que valía la pena dedicar la vida. |
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La
situación que se creó fue todo un drama para mí. De inmediato me vino un gran
consuelo, una gran alegría, pero a la vez un miedo terrible, por varios
motivos. Por una parte, me di cuenta de que mi vida debía cambiar, sobre todo
en la orientación intelectual. (...) Me hacía sufrir especialmente el que, si
mi familia se enteraba de lo que me sucedía, me echasen de casa. De hecho,
cuando mi madre supo que asistía a Misa a escondidas, telefoneó al médico y
le dijo: «Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa». «¿Qué
síntomas tiene?», preguntó el médico. Y mi madre le contestó: «Un síntoma
gravísimo: he descubierto que va a Misa». Esto da idea del clima que se vivía
en mi familia y de lo mucho que podía afectarme. |
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Otro
ingrediente del drama era una especie de choque entre dos posturas que yo
entendía como contrapuestas. Por un lado, algo me hacía ver que en el
Evangelio estaba aquella verdad que había buscado. Se trataba de una
experiencia del Evangelio como "encuentro", no sólo como palabra,
valor, moral o ética. Para mí, el Evangelio no es un libro, sino una Persona.
Era la experiencia de un encuentro fulgurante, consolador y, a la vez,
inquietante. Inquietante también porque entonces yo me sentí como aquejado
por una especie de "esquizofrenia". Se trataba de la disociación
entre la intuición que me había hecho entender que allí, en el Evangelio,
estaba la verdad, y mi razón, que me decía: No, es imposible, te equivocas. |
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Para no caer en esquizofrenia |
Desde
entonces, todo lo que he hecho y los muchos miles de páginas que he escrito,
en el fondo no obedecen más que al intento de vencer esa esquizofrenia,
procurando dar respuesta a esta pregunta: ¿Se puede creer, se puede tomar en
serio la fe, puede un hombre de hoy apostar por el Evangelio? Todo ha girado
en torno a la fe, a la posibilidad misma de creer. |
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Confianza de Dios |
Ha
sido una aventura solitaria -siempre he sido un individualista-, en la que me
guió Pascal: un hombre de hace 300 años, también laico convertido, que
razonaba como yo, que no quería renunciar a la razón y que, antes de rendirse
a la fe, deseaba agotar todas las posibilidades. Él me ayudó a descubrir esa
nueva Atlántida personal. He hablado de aventura solitaria y de mi
individualismo, pero también digo siempre que no soy un "católico del
disenso". Al contrario, soy un "católico del consenso". Y es
que, en la lógica de la Encarnación, no sólo juzgo legítimo al Vaticano, a la
Iglesia institucional, sino que la considero necesaria, indispensable. |
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¿Cuándo
decidí aceptar la Iglesia? Cuando, al reflexionar sobre el Evangelio para
intentar conocer mejor el mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios de
Jesús es un Dios que quiso necesitar a los hombres, que no quiso hacerlo todo
solo, sino que quiso confiar su mensaje y los signos de su gracia –los
sacramento– a una comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta
la Iglesia no porque la ame, sino porque forma parte del proyecto de Dios. Me
ha costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación
de un grupo humano, en el fondo no tomaríamos en serio la mediación de Jesús. |
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Muchos clericales huían de ella |
Mi
aventura también ha sido solitaria porque era uno de los pocos que andaba
contracorriente. Entraba en la Iglesia cuando tantos clericales salían de
ella gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos
descubierto la cultura laicista! Yo, asombrado, intentaba pararlos: ¿Qué
hacéis? ¡La verdadera cultura está aquí dentro, en la Iglesia! |
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Por
eso, algunos me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es
absurdo. Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he escuchado jamás una
Misa en latín, porque antes del Concilio nunca había asistido a Misa, y
cuando comencé a ir, era ya en italiano. De ahí que no pueda ser un
nostálgico. ¿De qué? No he tenido ni una infancia ni una juventud católica.
Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego, un encuentro
misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo; y,
después, con la Iglesia". |