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¿En la universidad de aquella época no debía haber un atisbo de trascendencia? Se enseñaba un agnosticismo, digo, no ateísmo: el ateísmo era considerado una cosa vulgar, al que se consideraba una religión, aunque dada la vuelta. El ateo es aquel que pierde el tiempo y energía en polemizar con los creyentes, cuando lo que se debe hacer es ignorarlos. Aquellos maestros nos enseñaban que la verdadera perspectiva del hombre de cultura es reconocer que el problema religioso no se puede resolver con la razón. Y como el hombre no tiene un instrumento superior a la mente, es necesario abandonar toda preocupación sobre el Más Allá y concentrarse sólo en aquello que se puede ver y tocar: en la Historia, en el mundo, en la política. No podemos saber si Dios existe o no existe. Entonces, ¿para qué preocuparse? En definitiva, un agnosticismo radical, impenetrable. Sólo un golpe de un ariete no humano podría hacerlo pedazos. ¿Y aquel golpe de ariete llegó? Sí, llegó de imprevisto, sin que yo pudiera presentirlo y sin que lo desease en absoluto. Al contrario: cuando me di cuenta de que si aceptaba la fe tenía que aceptar también unos determinados deberes morales, me puse a llorar, sabiendo que ¡iba a tener que destruir mi preciada libreta llena de contactos femeninos! ¿Qué fue lo que ocurrió, tan fuerte, como para cambiar totalmente su vida? En el libro intento explicarlo, aunque, obviamente, creo que no lo he conseguido del todo. Lo único que sé es que, de pronto, y sin haberlo buscado, entre julio y agosto de un ya lejano 1964, entré como en una nueva dimensión donde me resultó clarísima, tangible, la verdad de aquel Evangelio que hasta aquel entonces desconocía. Incluso no habiendo frecuentado jamás la Iglesia, incluso no habiendo realizado nunca estudios de religión, descubrí que mi perspectiva, de laicista y agnóstica, se había vuelto, de pronto, cristiana. Es más: católica. Y comprendí que tenía que profundizar en aquella verdad que me había sido dada, y comunicársela a los demás. Por tanto, la mía no fue una "búsqueda de la fe", sino que desde entonces ha sido una búsqueda de las "razones que hacen razonable y creíble la fe". La fe no como punto de llegada, sino como punto de partida que doy por cierto (así me pareció en aquel lejano verano), y sobre el cual he de reflexionar e investigar, para comprender por qué es "verdadera". Señor Messori, dice que tuvo una experiencia mística, habiendo sido usted tan racional… Yo era –y lo soy todavía– una persona muy racional y concreta, y no tengo nada en común con los visionarios, con aquellos que creen tener revelaciones e inspiraciones divinas y que se presentan como inspirados o como gurús. Lo que me ocurrió en aquellos dos meses ha sido algo único en mi vida, y también esto me hace creer en su verdad. No había nada en mí que lo predispusiera. En la universidad, mis maestros se sorprendieron muchísimo y se decepcionaron cuando tuve que confesar que había sido "obligado", por un Encuentro enigmático, a convertirme en católico, y que por tanto, no podía continuar mi colaboración cultural con ellos. Pensaron en una crisis psiquiátrica, en una depresión, en un equívoco, pero, dado que yo insistía en mi nuevo camino, me abandonaron, y finalmente renegaron de mí. En el libro dice que agradece y valora la enseñanza racional que le dieron sus maestros… Sí, la razón es un don de Dios, que debemos utilizar y por el que debemos estar agradecidos. El error es encerrar la razón y convertirla en una ideología, el racionalismo, que afirma que no hay nada más allá ni fuera de ella. Me aburren mucho las discusiones, siempre renovadas, sobre la incompatibilidad entre ciencia y fe, entre razón y religión. Me baso en mi experiencia, que me ha confirmado la verdad de la frase de Blaise Pascal que, como sabéis, no es lo que se dice un soñador, sino uno de los mayores científicos de la historia. Yo he descubierto en mi propia vida que Pascal tenía razón cuando escribía: "El último paso de la razón usada hasta el fondo es reconocer que hay muchas cosas que la superan". La fe, por tanto, no va contra, sino va más allá de la razón, sin que exista contraste, sino complementariedad. Esto es lo que he intentado demostrar con mis libros, incluido este "Por qué creo". He intentado de razonar con el lector para demostrarle que aceptar el Misterio evangélico es algo razonable.
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