¿De cuántas formas puede atacarse la Iglesia desde adentro?
Recientemente Benedicto XVI dijo en Fátima que algunos ataques a la Iglesia vienen desde adentro
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Una manera de atacar la iglesia católica tiene que ver con la producción de teorías o incluso "reflexiones teológicas" que no tengan que ver con la sana doctrina que nos plantea que nuestros referentes son LA PALABRA, EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Y LA SUJECION A LA AUTORIDAD DEL PAPA |
En otros análisis hemos hecho referencia a la TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN (Ver).
Ahora nos ocuparemos de la existencia del demonio, como un elemento frente al cual puede ser sembrada confución.
Basta con leer en la Biblia de América el vocabulario bíblico que aparece al final de todos los ejemplares, así como los comentarios a pie de página de diversos pasajes, para descubrir que algunos pastores de la Iglesia no están convencidos acerca de la existencia de los ángeles buenos ni de los ángeles caídos.
Al referirse al drama del Paraíso (cfr. Génesis 3, 1ss), la mencionada edición bíblica comenta que la serpiente «simboliza la tentación que el ser humano ha experimentado siempre de hacerse como Dios». En cuanto al libro de Job, cuando el Señor y el Tentador entablan diálogo acerca del honrado hombre de Hus (cfr. Job 1, 6ss), el comentario es aún más significativo: «La figura del Tentador (...) no se identifica con el espíritu del mal o el poder del demonio. Corresponde más a una función que a un nombre propio (...). Es un personaje más literario que real».
Si en las referencias anteriores no queda del todo clara la postura de la Biblia de América, resulta mejor explicada al recurrir a su vocabulario bíblico. En la definición de «Demonio» se lee: «Estos misteriosos personajes aparecen en la Biblia como personificación y representación del mal (...). Satanás significa 'adversario' y personifica la oposición frontal e irreductible a los planes de Dios. (...) cuando se dice que Jesús sana a un enfermo o expulsa a un demonio, lo que en realidad está haciendo es luchar contra el mal en todas sus manifestaciones...».
Es decir, el diablo no sería una persona sino apenas una «personificación»; no un ser real, sino una idea.
Otro ejemplo al respecto lo da el sacerdote jesuita mexicano Enrique Maza, enemigo de los dogmas y partidario del sacerdocio femenino, que afirma que «existe una doctrina en la Iglesia sobre el diablo, pero no es un dogma de fe» (Proceso 1196, 2 de octubre de 1999, p. 71), y que el diablo no es «sino una figura simbólica, una comodidad literaria para darle un nombre manejable a una abstracción: el mal».
Un jesuita más, el presbítero Jorge Manzano, sostiene que la mención del diablo como un ser personal solamente la han sostenido «Paulo VI y Juan Pablo II, pero no en documentos de tipo dogmático, ni en encíclicas a la Iglesia universal, sino en las alocuciones catequéticas a los peregrinos de los miércoles» (ibídem, p. 74).